domingo, 9 de marzo de 2014

El privilegio de escuchar



Pocas veces esta página acoge opiniones ajenas, pero tal es la hondura, actualidad y pertinencia de una de las publicadas este domingo en el diario cubano Juventud Rebelde que sin dudar la “reblogueamos”.
Dos orejas y una boca
Ricardo Ronquillo Bello
A veces olvidamos el tesoro que significa para la política el secreto de la gran sabiduría. Ese que deja como moraleja la fábula del Rey Momo, el monarca que cuestionado por un sirviente sobre sus dotes, respondió humildemente: «Muy sencillo. Tengo dos orejas y una boca, así que escucho dos veces y hablo solo una».

Lo recordaba mientras la intelectual Graziella Pogolotti insistía, en el espacio Catalejo de la Unión de Periodistas de Cuba, en la importancia de escuchar y escucharnos; deshacernos de esa sordera «respondona» con la que nos parapetamos a veces en puntos de vista particulares, como si la madre natura hubiera creado las orejas solo para oírnos, en vez de a los semejantes; o como si ese milagroso agujero fuese una invención para el eco de nuestras altisonancias o prejuicios.
De tanto oído de «mí mismo», como se decía frente al espejo el Lindoro de Deja que yo te cuente, algunos siquiera llegan a «entender nada», como la ortodoxa contrincante de Carmela, la cubanísima y humanísima maestra de la película Conducta, que deja patidifusos a sus inquisidores.
La inhabilitación auditiva hace que en oportunidades algunos funcionarios parezcan estar en las reuniones como «pesca’o en nevera», atentos, no a los razonamientos de lo que se dice, sino a los suyos para rebatir a quienes pretenden «poner la cosa mala». Dejan pasar el ruido, pero no escuchan.
Lo más lamentable es que para ellos todo lo que se sale del «redil» se convierte en un «ruido» extraño en el sistema, y no solo en el auditivo; porque lo que comienza por esas extensiones tan singulares del cuerpo termina en zonas más profundas y comprometedoras: por atrofiar el cerebro y hasta el sistema social; y esto es lo más riesgoso, porque el engranaje de este último depende de una armónica conexión entre unos y otros.
Por ello es tan importante subrayar, como lo hizo Raúl a 55 años de la Revolución, que los dirigentes de hoy y las generaciones de líderes revolucionarios del mañana deben tener el oído pegado a la tierra, que en nada se parece a esa actitud de algunos de «tirar el cable a tierra», o de intentar situar el cable en la sintonía de su conveniencia.
En la medida que el país se adentra con la actualización en un escabroso terreno de prueba y error, se hace más perentoria la urgencia de despojarse de cualquier orejera, para tener bien abiertos los oídos. Porque aunque pareciera que la enajenación es un problema de «los de abajo», de conglomerados o espacios sociales marginales, puede incubarse a diferentes alturas o niveles.
El mismo Raúl abordó, en la última sesión del Consejo de Ministros, la importancia de confrontar opiniones, de estar atentos a la rectificación y a la crítica con las disposiciones que adopta el país; algo solo posible si, como en otra célebre moraleja, respetamos al «flautista o a los flautistas de Hamelin», esos que con su «extraña melodía» pueden salvarnos de que los ratones nos devoren la casa, para hablar metafóricamente.
El socialismo hacia el que procuramos avanzar no puede olvidar la concepción guevariana de que el fin último de todos nuestros propósitos es liberar al hombre de toda enajenación; lo cual demanda, como fundamentan sustanciosas investigaciones sociales, rescatar un auténtico sentido de participación y control popular y ciudadano, desgajando esos conceptos de cualquier formalismo.
Porque la burocracia es mucho más que una sobredosis de oficinas y funcionarios ineptos. Una vez crónica, se convierte en conducta, en filosofía determinante del pensar y el actuar. En ese grado paraliza, decepciona, tergiversa; trastoca la sensibilidad en abulia y la acción en reproche.
Y el burocratismo y las actitudes burocráticas empiezan y terminan muchas veces, como reza la sabiduría popular, por tener ambas orejas, pero estar más sordos que una tapia.

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