domingo, 5 de enero de 2014

Un guayabero



Faltar a clases injustificadamente es un pecado de lesas ilustración-educación, pero cuando se desempeña el rol del protagonista uno no lo ve  así.
Hagamos un poco de historia: en España como herencia del lenguaje taurino se usa “hacer novillo”, frase curiosamente importada a Cienfuegos; Yaguajay, en Sancti Spíritus y Chambas y Morón, estos dos últimos municipios de  Ciego de Ávila, según investigación del autor cubano Fernando Carr Parúas, quien también afirma que hay más de 25 formas reportadas en nuestro país para expresar “brillar por la ausencia en las aulas”.

Como aquí en la provincia de Granma tenemos una forma específica para denotar el hecho ya había indagado al respecto en la red de redes: además del novillo de marras en la parte hispana de Península se usa  “hacer campana”, en Cataluña, “hacer manta o capona” en Extremadura; en Galicia, “latar”; en Canarias, “hacer o pegarse la huyona”, en Murcia “fumarse la clase” y en Madrid “hacer pellas”.
En nuestro subcontinente, en Ecuador  por ejemplo, es “echarse la pera”, en Argentina, Paraguay y Uruguay “hacerse la rabona”, en México “irse de pinta” y en Venezuela “jubilarse de clase”; en el  esto de los países  hispanohablantes hay muchas variaciones sobre el mismo tema.
Pero volvamos a Cuba: en casi toda la provincia de Granma el ausentismo a clase se generaliza como  “comerse la guayaba”, aun cuando  algunas personas, sobre todo de cierta edad, todavía sustituyen el sabroso fruto  del guayabo por el desabrido del guásimo.
Pues bien, el gestor del Pincel Costumbrista era un  guayabero de marca mayor que pasó casi toda su enseñanza secundaria faltando a clases y que de ese modo se leyó los 20 tomos del Tesoro de la Juventud, y muchas obras de la literatura universal, en una pequeña pero bien surtida biblioteca del centro unificado 21 de Octubre.
También  asistía a cursillos de historia del arte en la biblioteca provincial en las noches cuando debía estar estudiando, se hizo herrero teórico mirando y ayudando -cuando lo dejaban- en un taller  cercano a la escuela, donde la fragua y el fuelle eran manuales y uno de cuyos forjadores, con cerca de un siglo, todavía anda y desanda kilómetros hasta su casa de El Almirante, en las afueras de Bayamo.
Asumiendo la primera persona también me hice carpintero en la misma modalidad teórica y traté infructuosamente de aprender a bailar con mis compañeras.
Comerme la guayaba se convirtió en un vicio, parece que quería llegar a   campeón olímpico de natación y me escapaba un turno  o dos de clases y aun en invierno me iba a practicar en el río de Bayamo, y quedaba enfrente del colegio, también quise ser campeón de equitación tomando “prestados” los potros de finqueros vecinos, después volvía molido, o acaso no volvía a sentarme junto a mis camaradas.
No es que deba darle un acabado didáctico a la historia pero la holganza me pasó la cuenta y tuve que repetir algunos cursos, pero sin saberlo me estaba preparando para asumir mi carrera como profesor de literatura   que tan temprano y casi en sueños   había abrazado.
Claro, en esa posición siempre traté de darles una atención a los “guayaberos” para que no repitieran mi historia y lo  nocivo de estas prácticas, pero nunca desde posiciones de fuerza sino desde el convencimiento.

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